miércoles, 27 de julio de 2011

JUAN (HOMENAJE A UN PERUANO ANONIMO COMO TANTOS)

No sé qué le pasó a Juan. Ayer vomitaba sangre. Tenía los ojos enrojecidos de ira, y fumaba ocho cajetillas al día para quitarse el stress. Dicen que perdió su trabajo, que el camino a casa lo descubrió con los bolsillos vacíos, dicen también que ya sólo le quedaba la muerte. Todo se había reducido a nada, y así era imposible continuar.
¡Cuánta ironía en aquel hombre pequeño! ¡Cuántos problemas en un solo hombre! Una hormiguita obrera -sin chamba- con gorra proletaria para protegerse del sol, con manos callosas y la piel rugosa tan rasposa como su voz.

No pudo más. Hierba mala nunca muere. Pero tú, Juan, debiste ser como ellos, como tus empleadores de saco y corbata, como esas hierbas que aunque caen en el peor terreno siguen vivas; seguro que así nunca hubieras sido derrotado por la vida. Sin embargo, tú eras buena hierba, un hombre con mayúsculas. La vida se ha hecho para los más voraces, los más salvajes. Tú nunca habrías llegado a ser un gobernante, para eso te faltaba volver a nacer con la malicia que es el sello y marca registrada de ellos. Por eso viven, por eso son reelegidos a diestra y siniestra, por eso abultan sus cuentas bancarias como el buche de palomas tragamonedas. Juan, la vida no te benefició como a otros. Tú no tenías carné de simpatía. A ti las cosas no te llegaron fáciles, y nunca te llegaron. Juan, tú no tenías un nombre rimbombante. Tu vida ya era insufrible: habías llegado a tu última resistencia. Tu cuerpo no podía más.

Ayer, antes de salir de casa para encontrarse con la muerte -como en familia-, Juan eligió una tijera, quizá para cortar sus días. A los pies de su cama, sobre una mancha roja, yacía un papel recortado con una forma similar al país de las maravillas que sólo podía ver en sus sueños; pero que en el intento sólo pudo parecerse a un país como éste.

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