miércoles, 11 de enero de 2012

MI MADRE Y YO-II

Mi madre no va a permitir con sus rezos que nada malo me pase, ya sea sobre una enfermedad o cuando triste sufro por algún mal de amor.
Y yo lo afirmo. Sus plegarias me salvaron de la muerte.
"Encomiéndate a nuestro Señor para que te vayas en paz, hijito", me lo repetía luego de cada ataque de tos que parecía infinita y a la vez el final. Pero yo pude más que la TBC. La expectoré con un tratamiento, en base a fuertes dosis de pastillas y cápsulas, que seguí al pie de la letra durante seis meses. Le di un golpe mortal a la muerte o por lo menos la
knockeé por un buen tiempo.

Ahora no es la muerte la que ronda mi cama sino una persistente picazón en los dedos del pie derecho. Y la siento más cada vez que supersticioso me levanto y toco con ese pie el frío piso de mi cuarto.
Mi madre, al verme así con gestos de molestia, se apiada y me alcanza una crema
antimicótica que supongo sólo durará para cinco días más. Sin embargo el tratamiento requiere de quince días. "Aplíquese en la parte afectada durante dos semanas", leí en la sección médica de un diario sensacionalista.
Pero yo creo más en la bondad y en los rezos de mi madre. Sé que otra vez dirá, muy seria y señalando un crucifijo: "encomiéndate a Él, hijito, piensa que esto no es más que una obra de la gracia del Señor". Y yo volveré a sonreír muy dentro de mí, no por las palabras de mi madre o porque otra vez sienta picazón en los dedos del pie derecho sino por un inexplicable cosquilleo en el corazón.

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